Hay una soledad que perdura en buena compañía.
Un hombre puede sentarse entre personas que lo aprecian y aun así guardarse la mayor parte de su vida. Aprende a dar respuestas breves. El trabajo va bastante bien. Tiene planes. Se mantiene ocupado.
A menudo es así. Hay cosas que terminar y personas que lo necesitan. Ha aprendido a hacerse útil en lugares donde le cuesta sentirse en casa.
La pregunta es qué ocurre cuando ser útil ya no basta para sostener la conversación.
Cuando ha cometido un error. Cuando se ha quedado sin trabajo. Cuando no tiene nada admirable que contar. Cuando quiere hablar de algo para lo que nunca ha encontrado las palabras adecuadas.
También para esas ocasiones hay que hacerle un lugar entre los hombres.
El vínculo de la Orden se mantiene en actos cotidianos. Recuerda lo que un hombre te contó. Guarda lo que te confió. Lee la obra que dudaba en mostrar. Regresa cuando dijiste que lo harías.
Con el tiempo, un hombre puede empezar a hablar con mayor franqueza. Puede descubrir que otro ha estado intentando expresar, a su manera, algo que le resulta familiar.
Sus vidas serán distintas. Cada uno guarda cosas que el otro no puede conocer. Escuchar no exige que los dos relatos se vuelvan uno solo.
Pertenecer tampoco exime a un hombre de responsabilidad. La Medida rige cuando lo admiran y cuando siente vergüenza. Si ha causado daño, la amistad debe ser lo bastante firme para escuchar la verdad de lo ocurrido.
Sostenemos que un hombre puede llevar consigo cosas sin resolver y aun así entregarse a una vida con sentido.
Puede tener personas a quienes acompañar, una labor que merezca emprender y un lugar donde su palabra importe. Puede descubrir lo que tiene para ofrecer al ofrecerlo.
Estas son las cosas que la Orden pide a sus hombres que construyan los unos para los otros.
El vínculo deja a cada hombre su conciencia, sus demás relaciones y la libertad de irse. Debe merecer que vuelva por voluntad propia.